01 Marzo 2011

Queridos hermanos cofrades:
Levantamos la vista y, como Moisés en el Horeb, vislumbramos el tiempo de Cuaresma, una etapa muy intensa en la vida de nuestra Diócesis de Cartagena, por todo lo que supone de movimiento en las diversas Hermandades y Cofradías, preparando la Semana Santa y las procesiones pasionarias y de Resurrección. Me es conocida la actividad que desarrolláis y los preparativos de todo tipo, para que la liturgia y la procesión sean una verdadera manifestación de la fe de los cristianos. Con mis palabras os animo a todos a vivir estos momentos con serenidad y que busquéis la gloria de Dios.
La Iglesia de Cartagena valora vuestra tarea evangelizadora, como Hermandades y Cofradías, consciente de las diversas manifestaciones del misterio de la fe, presentes en todos los rincones de la Diócesis. En cada pueblo se vive estos acontecimientos con mucha fuerza y eso no deja de ser un hermoso tesoro. En el Plan de Pastoral de la Diócesis de Cartagena he resaltado la especial participación que tienen las Hermandades y Cofradías para el primer anuncio de la fe, hoy os pido lo que os dije en Caravaca de la Cruz: os sigo necesitando para anunciar a Cristo, para llevar la Palabra de Dios a cada casa, a cada experiencia de vida.
Vuestras imágenes nos hacen encontrarnos cara a cara con el Señor, pero sobre todo, nos recuerdan la importancia de vivir en el amor, especialmente cuando vemos la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Os animo a exaltar la cruz, a levantarla sobre lo alto, de modo que todo el mundo la mire con fe y se salve.
Todavía impresiona la contundencia de las palabras de Jesús, al referirse a su muerte: “Y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”(1) Y añade el evangelista: “Esto lo decía indicando de qué muerte había de morir”.(2) Jesucristo es el gran signo del amor de Dios que muestra su perdón y reconciliación para con todos los hombres. La Cruz no es una señal de desgracia, de muerte para el cristiano, la Iglesia ha cantado y canta a la cruz como signo de victoria y de triunfo. El amor de Cristo vence sobre todos los odios, rencores, venganzas y crímenes de los hombres. Es un amor que sana, libera, purifica, rescata y pacífica. Es un amor eterno e infalible. Es un amor humano y divino, capaz de elevarnos con Él a lo más alto de la gloria.
Os ruego a todos los cofrades que os hagáis un nuevo planteamiento de vuestra pertenencia a las HH y CC, que purifiquéis hasta las más intimas intenciones y viváis siempre con el gozo de pertenecer a Cristo, Señor de la Vida. Ahora que estamos en tiempo propicio os invito a salir de las rutinas, de la superficialidad y de la preocupación exclusiva por lo externo; que prestéis atención al estilo del Señor, que se mantuvo en la verdad, en la humildad y en la obediencia a los mandamientos del Padre.
Todo cristiano está llamado a comprender, vivir y testimoniar con su existencia la gloria del Crucificado. La cruz – la entrega de sí mismo del Hijo de Dios – es, en definitiva, el “signo” por excelencia que se nos ha dado para comprender la verdad del hombre y la verdad de Dios: todos hemos sido creados y redimidos por un Dios que por amor inmoló a su Hijo único. Por eso, en la cruz “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical”.
El Papa Benedicto XVI resume brevemente un aspecto esencial de la centralidad de Cristo en nuestras vidas, cosa que os recomiendo encarecidamente: “El evangelista Juan nos recuerda que el único “signo” es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Este es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor”(3).
Os encomiendo a la maternidad de la Santísima Virgen María, que en este tiempo la invocaremos con muchas advocaciones: Piedad, Caridad, Dolores, Angustias, Amargura, Misericordia… en ella estarán puestas tantas miradas de petición y súplica de la gente que está pasándolo mal, que os debéis sentir orgullosos de acercarles su imagen, pero, a la vez, responsables para que a nadie le falte su auxilio. Ánimo, amigos, preparad una Semana Santa donde vosotros mismos estéis implicados en la propia conversión del corazón y no olvidéis estas palabras del Papa: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”.(4)
Que Dios os bendiga y os conceda la Paz,
(1) Jn 12,32
(2) Jn 12,33
(3) Benedicto XVI. Homilía en la Visita Pastoral a la parroquia romana de Dios, Padre misericordioso. 26-03-2006.
(4) Benedicto XVI. Homilía en el solemne inicio de su pontificado. 24 – 4 – 2005
José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena
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